En un mundo dominado por la innovación y la economía del conocimiento en expansión, los activos intangibles se han erigido como el gran motor de valor en las empresas y carteras de inversión. Aunque históricamente subvalorados, estos recursos no físicos están reconfigurando las reglas del juego financiero.
Los activos intangibles son recursos no físicos con valor económico que aportan ventaja competitiva sostenible a largo plazo. A diferencia de la maquinaria o los edificios, no se tocan, pero su repercusión en la rentabilidad puede ser decisiva.
En el portafolio de inversión distinguimos entre intangibles directos y embebidos. Los directos son licencias, participaciones en fondos de patentes o derechos de autor. Los embebidos, en cambio, están incluidos en el valor de las empresas cotizadas: marca, datos, talento o innovación.
La importancia de los intangibles ha crecido de forma imparable en las dos últimas décadas. Según el informe World Intangible Investment Highlights 2025, desde 2008 la inversión en activos intangibles ha crecido casi cuatro veces más rápido que la inversión en activos físicos.
En Europa la inversión en intangibles todavía está por debajo de economías líderes, lo que afecta productividad y crecimiento. En España, estudios de IVIE y COTEC muestran que elevar la inversión intangible puede ser la clave para cerrar brechas de competitividad.
Los intangibles son el nuevo motor del crecimiento económico. Para las empresas, generan ingresos futuros a través de licencias, suscripciones o franquicias y fortalecen el pricing power de sus productos y servicios.
Desde la perspectiva del inversor, compañías con sólida base de I+D, marca fuerte y plataformas tecnológicas suelen ofrecer mayores tasas de crecimiento de beneficios que sus competidores. Sectores intensivos en intangibles, como software o biotecnología, presentan ratios de rentabilidad sostenida más altos y crecimiento constante de empleo.
Uno de los mayores desafíos es que la contabilidad tradicional no refleja adecuadamente estos activos. Muchos gastos en investigación, desarrollo o branding se expensan en resultados, en lugar de capitalizarse como activos, subestimando el valor real de la empresa.
Además, existe disparidad contable: una compañía que adquiere patentes reconoce marcas y goodwill en balance, mientras otra que desarrolla internamente igual valor no lo capitaliza. Esto confunde a los inversores y distorsiona indicadores clave como PER o P/BV.
Para el gestor, esto representa una oportunidad: al reconstruir mentalmente los activos intangibles de una empresa—su base de usuarios, algoritmos y know-how—es posible descubrir valor latente no reconocido y adelantarse al mercado.
Incluir activos intangibles en una cartera de inversión exige análisis y estrategia:
La gestión activa de estos recursos requerirá herramientas de análisis especializadas y lecturas actualizadas sobre contabilidad de intangibles. Sin embargo, el esfuerzo se traduce en oportunidades de alfa significativo al captar empresas infravaloradas por sus balances convencionales.
Finalmente, recuerda que los intangibles no solo son cifras y tablas: detrás de cada base de datos, patente o marca existe talento humano, cultura corporativa e innovación constante. Gestionar estos elementos de forma integrada fomenta portafolios resilientes y preparados para el futuro.
En conclusión, entender, valorar e incorporar activos intangibles es más que una tendencia: es una estrategia indispensable para el inversor moderno que busca crecimiento sostenible y valor a largo plazo. Empieza hoy a incluir estos recursos en tu análisis y descubre el potencial que todavía está por explotar en tus inversiones.
Referencias